Domingo, 22 de junio de 2008

José María Suárez Gallego
Secretario General de Gasterea
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(Publicado en la Revista Literaria La Tregua, mayo 2008)

Ilustración de Fabián Suárez Caballero
Hay quienes observando el vivir de cada día en esto que hemos dado en llamar la “sociedad occidental”, han puesto de manifiesto la querencia que se les tiene, en estos tiempos que corren, a las aglomeraciones humanas, cuando todos, en mayor o menor medida, a modo de terapia contra el miedo de percibirnos como seres incompletos, queremos, deseamos y pretendemos estar en el mismo sitio y a la misma hora, haciendo lo mismo. Todas las colmenas, antes de llegar a serlo, tuvieron una vocación primera de enjambre caótico. Nos resultaría muy difícil establecer la prelación entre qué fue antes si el juntos o el revueltos.
Que vivimos tiempos de crisis en la esfera de las íntimas soledades lo evidencia el auge actual de la gastronomía y su liturgia. Muy pocos seres humanos son capaces de preparar una mesa, con todas sus parafernalias, a sabiendas que van a comer solos. El estigma ancestral de los tres acontecimientos que nos distanciaron definitivamente de nuestros hermanastros los monos, sigue indeleble en nosotros: La habilidad de cocinar, la capacidad de hablar y la libertad de reírse. En torno al fuego se han hilvanado las entretelas de lo que somos como especie. Hasta tal punto, que al refugio en el que hemos depositamos las esencias de nuestra condición de seres sociales, le hemos dado el nombre del lugar en el que tradicionalmente se ha oficiado y custodiado el fuego comunal: El hogar. La sabiduría popular, al respecto, es contundente: Uno, es soledad; dos, son compañía; y tres... una multitud. La mucha gente ni para la guerra es buena.
En el entorno de la gastronomía una vez resuelto la condición de cualidad: el menú, subyace perdida y sin resolver la cantidad: los comensales. ¿Cuál es el número perfecto de quienes han de sentarse juntos a compartir mesa y mantel, el pan y la sal, la palabra y sus silencios, y el gesto y sus sombras. No es fácil dar una respuesta, aunque la más sorprendente que he oído lo ha sido en el entorno del Flamenco: "Deben estar los cabales". Que es lo mismo que dejar la pregunta sin contestar y sujeta a las circunstancias de cada momento: "Deben estar los que tienen que estar", es decir: los cabales, ni uno más, ni uno menos. Y no deja de sorprendernos que siendo justo el primer sinónimo de cabal, también lo sea excelente en su clase y en su genero. Por tanto, para el mundo del Flamenco, en una reunión, incluidas las que tienen motivo gastronómico, deben estar todos aquellos que como en el tradicional "Antón pirulero" tengan juego que hacer y que dar. Unos poniéndole voz al sentimiento del cante, otros bordando notas en la guitarra, otros jaleando al personal, y los más derrochando la armonía de sus silencios.
Esta misma pregunta se la hicieron tanto los hijos de la Roma Imperial como los griegos de la culta Atenas, movidos por la preocupación de llevar su esmerada perfección al arte de comer juntos pero no revueltos, y ellos, tanto unos como otros, llegaron a la conclusión de que el número óptimo era aquel que superaba el número de las Gracias, pero no pasaba el de las Musas. Recurrimos al mundo mágico de la Mitología, siempre excitante y sorprendente, para dar cumplida respuesta a nuestra pregunta. Las Gracias eran tres, Aglae, Eufrosina y Talía, hijas del propio Zeus, que personificaban la belleza, la armonía física y la espiritual. Es decir, leyendo entre líneas, que lo imprescindible para compartir viandas juntos, a tenor de los clásicos, es que haya armonía, tanto física como espiritual, que a la postre es el pilar donde descansa la belleza y el buen entendimiento. Las Musas, por su parte, eran nueve, también hijas del gran Zeus, y que representaban las artes liberales: Clío, presidía la Historia; Euterpe, la Música; Talía, del mismo nombre que una de las Gracias, presidía la Comedia; Melpómene, la Tragedia; Terpsícore, la Danza y la Poesía Lírica; Erato, la Poesía Erótica; Polimnia, el Arte Mímico; Uranía, la Astronomía, y Caliope, la Elocuencia. Es decir, como argumentan los flamencos: las cabales.
Los viejos mitos y el peculiar juego del número óptimo de comensales, vienen a poner de manifiesto los temas de conversación más propicios para acompañar una buena comida, en la que la política, la religión y el forofismo deportivo, desde siempre según podemos comprobar, han brillado por su ausencia, a pesar de las olimpiadas de entonces, las de la vieja Olimpia, la lucha greco-romana, las carreras de cuadrigas, los bravos gladiadores, las intrigas del Senado Romano, y el culebrón sentimental de los dioses del Olimpo. No ocurre así con el planeta taurino, que desde el lejano y antañón Minotauro, y aquellos acróbatas cretenses que saltaban sobre los cuernos del toro, parece estar tocado por la musa de las tres Gracias y la gracia de las nueve Musas, como corresponde a todo arte tenido por grande.
Esta misma cuestión fue contestada en las postrimerías del siglo XIX por el marqués de Valdeiglesias, director del periódico La Época, quien nos dejó escrita la siguiente receta para lograr una buena comida en todos sus aspectos: "Pocos platos, pero bien hechos, y pocas personas, pero bien avenidas. Convidados que paguen en ingenio la hospitalidad que reciben, porque a la gente no se le convida a comer para que esté callada. "
Vemos que no es fácil precisar si alrededor de una mesa suelen estar los que son, o si son todos los que están. Brillat Savarin, el padre de la literatura gastronómica moderna, al ver la luz su libro "Fisiología del gusto, o meditaciones de gastronomía trascendente; obra teórica, histórica y puesta al día, dedicada a los gastrónomos parisienses por un profesor, miembro de diversas sociedades literarias y científicas" (Paris, 1825) complicó más el tema al dotar a la Gastronomía, elevándola a la categoría de arte, una musa, la décima, a la que dio el sugerente nombre de Gasterea.
Federico García Lorca concluía su conferencia sobre la Teoría y juego del duende (Madrid, 1933) con estas palabras: “Señoras y señores: He levantado tres arcos y con mano torpe he puesto en ellos a la musa, al ángel y al duende. La musa permanece quieta; puede tener la túnica de pequeños pliegues o los ojos de vaca que miran en Pompeya a la narizota de cuatro caras con que su gran amigo Picasso la ha pintado. El ángel puede agitar cabellos de Antonello de Mesina, túnica de Lippi y violín de Massolino o de Rousseau. El duende... ¿Dónde está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados: un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas.”
Sólo un plato recién creado en el juego del arte efímero que es la cocina puede hacernos soñar con el duende revoloteando entre los pucheros.
Federico es claro: La verdadera lucha siempre es con el duende.
Gasterea ha muerto. Tal vez nació muerta junto a sus hermanas las musas.
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Por: Asociación de Comentaristas Gastronómicos de Andalucía "Gasterea" | Artículos de José María Suárez Gallego | Comentarios (0) | Referencias (0)
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